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Una de las cosas que más me sorprenden y escandalizan es la cantidad de empresas y compañeros que trabajan sin un repositorio de código. No conocen las virtudes de configurar un punto único en donde almacenar, versionar y recuperar las cientos o miles de horas/hombre invertidas en millones de líneas de programación.
Cuando toca juntar las fuentes de dos o tres personas es un auténtico dolor, pero la cosa se hace imposible cuando lo ha de realizar todo un equipo o departamento. Haciéndose una costumbre el perder código, o tener una árbol de carpetas de “copias de seguridad“ en el ordenador que se utiliza para hacer las publicaciones y que, generalmente, es el del líder del equipo.
Pero incluso cuando se establece, por fin, un repositorio de código, se trabaja continuadamente en un mismo tronco (trunk). El cual soporta las modificaciones y actualizaciones más variopintas. Sufriendo roturas a causa de errores o el no poder publicar hasta que se termine la decimonovena modificación o arreglo.
A estos equipos les invito a dar un paso en la escalera de la madurez del ecosistema y a leer esta serie que trata sobre la técnica de branching. Es decir, la forma de construir software alrededor de un núcleo estable, minimizando las causas de ruptura o de no disponibilidad.
Y que voy a iniciar con el etiquetado de las versiones.
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